Son las cinco de la tarde del miércoles en Santiago. Han pasado cinco días del terremoto madre, el de la noche del viernes, cuando la tierra se movió a 8.8 grados, el quinto movimiento más fuerte desde que existen registros técnicos. Pero sigue temblando. Continuamente.
Hace pocos minutos la tierra se volvió a mover. Fue grado 5.3 en la escala de Richter. Una magnitud considerada alta. Una hora antes en Bío Bío, una de las zonas más dañadas, hubo otra réplica, ésta de grado 6.3, que volvió a desatar el pánico. De tsunami, las olas brutales que matan, que vienen detrás del terremoto. Por las dudas, las familias volvieron a emprender la huida hacia las partes altas de la ciudad. En camioneta, a pie, colgando de los estribos de camiones.
Han pasado casi cinco días del comienzo de esta historia interminable.
Dormíamos cuando a las tres y media de la mañana nos despertamos.
Primero sientes el ruido, extraño, sordo, después sientes los primeros remezones. Te mueves en la cama y paras la oreja. Aumentan los remezones, sube el ruido. "Mierda, esto viene fuerte", piensas y tomas el pantalón a la pasada, buscando la salida. Hacia la puerta de calle, más segura porque hay un pequeño antejardín. En este país quien más quien menos tiene dibujado el mapa de salida para el próximo terremoto. Se lleva en la memoria genética.
Mi hermano, más chulo, no suele moverse. Se queda en cama, disfrutando ese extraño baile de la tierra que mueve las paredes en ondas que se acercan y alejan, una orquesta que produce un ruido infernal. Esta vez tampoco se movió, así que me acerqué a su ventana, por fuera, mientras el terremoto crecía violentamente. Le dije, "sal, huevón". Se agarró a los barrotes de su ventana para no caerse. "No puedo, huevón", dijo, y nos miramos. En menos de un minuto quedó claro que iba en serio. Sientes que en alguna parte caen las estanterías, se rompen copas, platos, a escucharse los gritos de los vecinos, las carreras. La tierra se movía en sacudones ondulantes como si la montaña rusa se hubiera dislocado. Otros dicen que iban dentro de una coctelera. Con un ruido brutal que sube y polvareda que se levanta de todos lados y sigues en pie, aguantando para no caer, mirando los postes de la luz, que se apagan, las paredes que parecen quebrarse en cada crujido.
Mi hermano y yo nos miramos y al mismo tiempo nos dimos cuenta que el mundo entero estaba a punto de irse al carajo. Podían quedarle siete segundos, con suerte. Pero quedaba un buen minuto, una eternidad entera. Y el mundo aguantó, no se fue al carajo. Ingenuos, eso creíamos al principio.
Si alguna vez llega el fin del mundo, seguro que trae esa música y ese ritmo. Y esos fuegos que cruzan el cielo, como relámpagos apocalípticos. La ciudad se apaga y quedas tiritando a la luz de la luna llena. Temblando entero, atontado. Lo primero que dijo mi hermano fue, "espero que el epicentro haya sido aquí, porque si no está la cagada, huevón". Santiago, una ciudad de seis millones de habitantes, resistió bien el ataque del lado oscuro de la fuerza de la tierra.
Pero estábamos a 350 kilómetros del auténtico desastre.
Los vecinos en la calle, en pijamas, a medio vestir, con linternas, se preguntan si estás bien. Uno enciende la radio del coche. En minutos, la noticia empeora: "Fue en el sur, en BíoBío". Empieza otra locura, la de la información. Llega por radio. Hay alerta de tsnunami en toda la costa. Otra fuente descarta alerta de tsunami. Mientras en Santiago trataban de saber que estaba pasando, el impresionante océano Pacífico se revolvía durante 400 kilómetros descargando olas furiosas que arrasaban pueblos, llevaban barcos 500 metros hacia dentro, toda esa locura que enseña la televisión. Como si las olas se cargaran el puerto de Sóller completo en tres minutos. Eso para los edificios que hubieran quedado en pie con un terremoto de 8.8 grados. El de Haití, que mató 250 mil personas, fue de 7.7 grados.
El terremoto madre dura dos minutos, a veces tres, pero sus replicantes vuelven una y otra vez, a terminar de derribar edificios, a recrear el pánico entre una población devastada. Los dramas humanos que brotan a continuación estremecen. Como el de un bombero de Pelluhue o quizá Constitución, al que el tsunami le arrebató de sus brazos su hija de tres años, su mujer, su hermano mayor, su cuñada y la sobrina. Desde que supo que los había perdido, no se ha bajado de su carro de bomberos ni para dormir. No ha parado de trabajar, ayudando sus vecinos, rescatando heridos, tapando cadáveres. "No puede, se desmoronaría", dijo su otro hermano vivo. La grandeza y la miseria del ser humano brotan desde el cataclismo. Hay saqueadores de leche para hijos y saqueadores de lavadoras. Hay héroes anónimos y bandidos. Pero habría que estar en esas pieles, uno, dos, tres días, escapados en los cerros, sin luz, sin agua, sin comida, sin siquiera ya el pueblo, sin saber donde quedó la madre, qué pasó con los hijos que estaban de marcha a la luz de la luna, sin saber si se habrá salvado el marido.
Poco a poco sabes que hay dos millones de personas que lo perdieron todo. Que se derrumbaron o quedaron inservibles medio millón de casas, que cayeron 8 hospitales, que se cortaron 17 puentes, que más de mil personas murieron en esos tres minutos enloquecidos. Mientras vuelve la luz, y el agua, y los teléfonos, sabes que al país entero le espera una durísima reconstrucción y recuerdas la absurda pequeñez del ser humano, tan arrogante en bobadas y tan frágil en un momento extremo.
Y agradeces a la inmensa red de solidaridad que recibes. Cuando se recuperan las conexiones, encuentras mensajes de Sóller, y desde donde tienes algún amigo. De los colegas de este semanario. No uno sino muchos. Que no piden sólo por tu suerte, que se agradece, sino de gente que ofrece ayuda, que quiere saber dónde, cómo puede poner un gramo de arena para ese par de millones de personas que recibieron la furia de su tierra. Como ese bombero de Pelluhue, o de Dichato, o de Cobquecura, que desde que dio por perdida a su hija Stephanie no ha parado de trabajar sin comer ni beber para seguir salvando algún vecino.
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